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publicado el 11/10/2026 04:58 pm

Una sola Revolución: Vigencia del grito emancipador de La Demajagua

“No es un sueño, es verdad: grito de guerra/ Lanza el cubano pueblo, enfurecido;/ El pueblo que tres siglos ha sufrido/ Cuanto de negro la opresión encierra”.

De esta manera evidenció en versos un habanero de talla universal, nombrado José Julián Martí Pérez, el significado que atribuyó al 10 de octubre de 1868, fecha de inicio de las luchas por nuestra independencia.

Martí recién había cumplido 16 años y estudiaba en el colegio San Pablo, dirigido por Rafael María de Mendive, cuando publica el soneto “10 de octubre”, en febrero de 1869, para rendir homenaje al levantamiento iniciado por Carlos Manuel de Céspedes en su finca La Demajagua. La obra expresa el impacto que tuvo para el adolescente el comienzo de las luchas independentistas cubanas y anticipa ideas que ocuparían el centro de toda su vida política e intelectual.

El 10 de octubre de 1868, Céspedes convocó a sus compatriotas a luchar contra el dominio colonial español y proclamó la libertad de sus esclavos. Aquel gesto, conocido como el Grito de Yara, abrió la llamada Guerra de los Diez Años y convirtió la aspiración independentista en una lucha armada organizada. Aunque la contienda no logró alcanzar la independencia, marcó una ruptura decisiva con el orden colonial y dejó una tradición de sacrificio, soberanía y justicia social.

Para Martí, esa fecha representó no sólo el inicio de una guerra, sino el nacimiento de una conciencia nacional fundada en la dignidad y el deber. En sus versos juveniles, asume como propios aquel acontecimiento y convierte la memoria de los combatientes en una exigencia moral para las nuevas generaciones de cubanos.

La publicación del poema ocurrió en un contexto de intensa represión. Tras el levantamiento de La Demajagua, las autoridades coloniales persiguieron a quienes defendían la causa independentista y limitaron severamente la libertad de expresión. Martí, ya vinculado a círculos patrióticos, fue detenido en ese propio año y condenado posteriormente a prisión y la realización de trabajos forzados por sus ideas políticas. La experiencia del presidio, y el posterior destierro a España, reforzó su convicción de que Cuba necesitaba conquistar una república basada en la libertad, la justicia y el respeto a la dignidad humana.

Pero no será sólo en este soneto de juventud donde hará referencia a lo acaecido el 10 de octubre de 1868. Años después durante su estancia en Estados Unidos pronunció varios discursos en conmemoración de la fecha. Participó y habló en las veladas que los emigrados cubanos celebraron, entre 1887 y 1891, para recordar la fecha de inicio de la lucha por la independencia.

En el acto celebrado en el Masonic Temple, de Nueva York, el 10 de octubre de 1887, afirma: “Los misterios más puros del alma se cumplieron en aquella mañana de La Demajagua, cuando los ricos, desembarazándose de su fortuna, salieron a pelear, sin odio a nadie, por el decoro, que vale más que ella: cuando los dueños de hombres, al ir naciendo el día, dijeron a sus esclavos: ‘¡Ya sois libres!’”.

Al año siguiente al intervenir nuevamente en la celebración de la efeméride, Martí se refirió al significado de la lucha que no estaba dirigida contra el español asentado en el territorio cubano, sino contra el régimen despótico impuesto por la nación ibérica.

Patentizó: “Jamás echaremos de nuestro lado, antes llamaremos con la voz honrada y los brazos de par en par abiertos, al hijo de España que nos ayude a reedificar el pueblo que sus compatriotas destruyen: porque no ha de ser en esa fortuna menos Cuba que los demás pueblos de América, donde el español no vio la libertad con ojos tibios, ni hemos de olvidar que si los españoles fueron los que nos sentenciaron a muerte, españoles son los que nos han dado la vida”.

El 10 de octubre de 1868 también permitió a Martí identificar una continuidad histórica entre los primeros insurgentes y la “Guerra Necesaria” que él organizaría décadas después. En la declaración conocida como el Manifiesto de Montecristi, suscrita en 1895 junto con Máximo Gómez, presentó la nueva guerra como continuación de la iniciada por Carlos Manuel de Céspedes, cuya figura ocupó un lugar central en esa visión.

Martí lo reconoció como el hombre que había dado el primer impulso a la revolución y había colocado la libertad de Cuba por encima de sus bienes y privilegios. Acerca del gesto viril del patriota bayamés, escribió: “Es preciso haberse echado alguna vez un pueblo a los hombros, para saber cuál fue la fortaleza del que, sin más armas que un bastón de carey con puño de oro, decidió, cara a cara de una nación implacable, quitarle para la libertad su posesión más infeliz, como quien quita a una tigre su último cachorro”.

Varias décadas después, exactamente el 10 de octubre de 1968, al hablar en el acto conmemorativo por el centenario de nuestras luchas por la independencia, el Comandante en Jefe, Fidel Castro Ruz, hizo igualmente mención al significado histórico del 10 de octubre de 1868, cuando resaltó: “Lo que hicieron aquellos combatientes, casi desarmados, ha de ser siempre motivo de inspiración para los revolucionarios de hoy; ha de ser siempre motivo de confianza en nuestro pueblo, en su fuerza, en su capacidad de lucha, en su destino; ha de darle seguridad a nuestro país de que nada ni nadie en este mundo podrá derrotarnos, nada ni nadie en este mundo podrá aplastarnos, ¡y que a esta Revolución nada podrá vencerla!”.

Equipo de Gestión de Contenidos del portal del Ciudadano de La Habana

(Fotos tomadas de Internet)

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