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publicado el 17/08/2026 11:27 am

Perucho Figueredo: el poeta que cambió la levita por el fusil

Hace 156 años, el 17 de agosto de 1870, la historia de Cuba se vistió de luto y de gloria. En una mañana cualquiera del oriente cubano, las tropas españolas fusilaban a Pedro Felipe Figueredo Cisneros, pero la figura que cayó aquel día ante el pelotón no era la del abogado ilustrado o el músico refinado que había concebido la melodía del Himno de Bayamo. Era la de un hombre consumido por la guerra, de barba enmarañada, vestido con un pantalón de dril crudo y zapatos viejos que apenas ocultaban las úlceras de sus pies. Sin embargo, bajo esa apariencia de miseria física, seguía latiendo el corazón del redentor que lo abandonó todo por tener Patria.

Nacido el 18 de febrero de 1818 en el seno de una familia acomodada, Perucho —como cariñosamente le llamaban— representó la síntesis perfecta del patriota romántico: poeta, conspirador, músico y mambí. Su legado trasciende la simple anécdota histórica, pues fue él quien, montado en su caballo durante la toma de Bayamo en 1868, dictó las estrofas inmortales de "La Bayamesa", el himno que aún hoy estremece a los cubanos con su llamado a morir por la patria para vivir.

Pero la ruta de la libertad fue costosa. Cuando el incendio devoró Bayamo ante el avance enemigo, Perucho no dudó en internarse con su familia en los montes de Jobabo, en la región de Las Tunas, llevando consigo la dignidad de un pueblo que se negaba a doblegarse. Allí, en la manigua, la enfermedad y el hambre desdibujaron al hombre de sociedad para revelar al héroe de madera fuerte, aquel que había jurado: "A la gloria o al cadalso".

Su fusilamiento no apagó su voz. Al contrario, la eternizó. Perucho Figueredo no murió aquel día de 1870; se transformó en símbolo. Su figura, rodeada de un halo de gloria y de la mística de los tiempos fundacionales, nos recuerda que la poesía y la revolución siempre han ido de la mano, y que el precio de la soberanía se escribe, a veces, con la tinta del sacrificio. Hoy, los cubanos lo recordamos no solo como el autor de nuestra marcha combatiente, sino como el hombre que supo que para vivir en la patria, a veces hay que saber morir por ella.

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