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publicado el 05/08/2026 07:00 am

El día que Fidel desarmó el caos: la batalla del Malecón que frenó la guerra sucia de EE.UU.

Treinta y dos años después, el relato de aquel 5 de agosto de 1994 sigue siendo una lección de geopolítica, dignidad y resistencia popular. Lo que comenzó como un guion escrito en las oficinas del enemigo, con la migración como arma y el caos como estrategia, terminó con una lección de moral que ningún poder imperial ha logrado doblegar: el pueblo, guiado por su líder, devolvió la paz a sus calles sin disparar un solo tiro.

La fecha, que el gobierno de Estados Unidos intentó inscribir en la historia como un estallido social "espontáneo", fue en realidad un capítulo más de la guerra no convencional diseñada para destruir la Revolución Cubana. La entonces Oficina de Intereses de EE.UU. en La Habana, en complicidad con la contrarrevolución interna y la propaganda de la llamada Radio Martí, orquestó una tormenta perfecta: manipularon el descontento generado por el recrudecimiento del bloqueo, la crisis del período especial y la desaparición del campo socialista, para lanzar a las calles a grupos marginales y peones pagados.

Los hechos comenzaron días antes, con el secuestro de embarcaciones para huir hacia el "sueño americano", un incentivo criminal alimentado por los privilegios de la Ley de Ajuste Cubano. El 3 de agosto tomaron la lancha La Coubre. Al día siguiente, en un intento similar, asesinaron al joven suboficial de la Policía Nacional Revolucionaria, Gabriel Lamoth Caballero, de solo 19 años. La sangre ya había sido derramada.

Pero el momento cumbre de la provocación llegó el 5 de agosto, cuando una turba manipulada se lanzó a romper vidrieras, apedrear a la policía y saquear comercios en los municipios de Habana Vieja y Centro Habana. No era un acto de rebeldía popular; era una puesta en escena. Mientras los disturbios ocurrían, grupos bien posicionados en diferentes puntos del Malecón filmaban cada acto de violencia, buscando construir el relato de "protestas espontáneas reprimidas por un gobierno tiránico". El objetivo era claro: provocar un enfrentamiento sangriento, forzar la represión gubernamental y justificar una intervención militar bajo el discurso de la "protección humanitaria".El guion del caos parecía cumplirse. Los organizadores ya saboreaban las portadas internacionales. Pero entonces, en el momento más peligroso, llegó Fidel.

El Comandante en Jefe, desarmado, acompañado únicamente por la fuerza de su pueblo, se plantó en el epicentro de los disturbios, en la intersección de Galiano y San Lázaro. Su primera orden fue tajante: "no debía haber un solo tiro; si había un muerto, quería ser él". Con esa frase desnudó la mentira: la Revolución no necesitaba balas para enfrentar a la contrarrevolución, porque su fuerza estaba en el convencimiento.

El historiador Eusebio Leal, presente aquel día, relató que Fidel, ante la multitud patriótica que lo rodeaba, le preguntó: "¿Qué hacer ahora?" Y la respuesta fue seguir la corazonada. Esa corazonada lo llevó al Malecón, donde ocurrió el milagro de la moral: los tirapiedras, al verlo, sintieron el peso de la historia y la conciencia; algunos huyeron, otros se detuvieron, y el grito de "¡Fidel, Fidel, Fidel!" se impuso sobre el estruendo del caos.

Los trabajadores del Hotel Deauville, los jóvenes del Contingente Blas Roca (que aquella mañana construían el hotel Meliá Cohíba y dejaron las obras para defender la ciudad), las enfermeras del Hospital Hermanos Ameijeiras, y cientos de vecinos, se convirtieron en un muro humano.No había armas, solo convicción.

Aquel 5 de agosto no fue solo una batalla ganada; fue una advertencia para el futuro. Saltando décadas y tecnologías, la similitud con los sucesos del 11 de julio de 2021 es obvia. El enemigo sigue usando las mismas armas: el descontento generado por el bloqueo económico, la manipulación de las redes sociales y la infiltración de grupos mercenarios. Sin embargo, la respuesta popular también sigue siendo la misma: la defensa de la soberanía y la paz.

En su comparecencia aquel día, Fidel no solo pidió calma; pidió sangre fría. Entendió que la batalla no se ganaba con represión, sino con ejemplo. Y el pueblo entendió la lección. Al año siguiente, el 5 de agosto de 1995, el Malecón no fue escenario de disturbios, sino de la Marcha Juvenil contra el Bloqueo. Las calles, que el año anterior habían sido manchadas por la violencia pagada, se llenaron de juventud y esperanza.

Hoy, cuando la historia intenta ser reescrita por los mismos actores de siempre, el recuerdo de aquel 5 de agosto de 1994 se erige como un faro. La batalla fue resuelta con las armas de la moral y el convencimiento de luchar por una causa justa.

Los Estados Unidos fracasaron en su intento de construir un relato de represión y caos. Los cubanos demostraron, una vez más, que la tranquilidad de las calles no se impone con metralla, sino con la verdad y el liderazgo de un hombre que supo estar donde debía estar, en el momento exacto.

La paz en La Habana no fue un regalo; fue una conquista del pueblo. Y esa conquista, forjada en el fragor de la batalla de agosto de 1994, sigue viva en cada cubano que defiende hoy su Revolución, con la certeza de que el caos nunca podrá más que la dignidad.

Fuente: Periodico Digital Granma (Año 2025).ICS Cuba.( Año 2023)

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