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publicado el 29/05/2026 06:28 pm

Rita Longa: la escultora que puso alma en las plazas de Cuba

La Habana amanece con venados de bronce que nunca emigran, una bailarina que jamás deja de girar en la noche del Tropicana, y una mariposa de cemento que vuela sobre Ciudad Libertad. Son las huellas visibles de Rita Longa Aróstegui (1912-2000), la escultora que supo convertir el espacio público en un museo de identidad y ternura.

Formada en la Academia San Alejandro y más tarde en Estados Unidos y Francia, Longa rompió los moldes de su época. No solo dominó la piedra y el bronce sino que entendió la escultura como un diálogo cotidiano con los transeúntes. Su obra no se encierra en galerías: se respira en parques, escuelas y esquinas populares.

La célebre "Bailarina" del cabaret Tropicana —símbolo del movimiento y la noche habanera— convive con la recogida espiritualidad de la "Virgen del Camino" en San Miguel del Padrón, y con el conjunto escultórico de la Aldea Taína de Guamá, que reconstruye el alma precolombina de la isla.

En 1995 obtuvo el Premio Nacional de Artes Plásticas, y recibió la Orden Félix Varela junto a títulos Honoris Causa del ISA y la Universidad de La Habana. Sin embargo, su mayor legado está en la memoria popular: la niña que toca la mariposa de cemento al salir de la escuela, el vecino que saluda a los venados del zoológico, la pareja que se cita bajo la mirada de la bailarina.

A 26 años de su partida, Rita Longa sigue siendo la escultora que enseñó a Cuba que el arte no debe estar detrás de un muro, sino en medio de la vida. Porque sus obras no se miran: se acompañan.

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