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publicado el 22/03/2026 05:14 pm

Cuba: Un faro de solidaridad en medio del asedio

En un contexto global marcado por crisis multidimensionales, guerras y desigualdades crecientes, el 21 de marzo se erige como una fecha emblemática: el Día Mundial de la Solidaridad con Cuba. No se trata de una conmemoración vacía, sino de un llamado a la acción y una reafirmación de principios que, para la isla caribeña, se traducen en aliento tangible frente a una de las políticas más hostiles de la historia contemporánea.

Mientras la comunidad internacional conmemora esta jornada, en Cuba la solidaridad adquiere una dimensión concreta. En los últimos días, decenas de activistas, intelectuales, sindicalistas y organizaciones sociales provenientes de todos los continentes han llegado a La Habana. No traen discursos grandilocuentes, sino cargas de amor, como ellos mismos definen su gesto: maletas repletas de medicamentos, insumos médicos y productos de primera necesidad. Es un acto de resistencia civil para aliviar las heridas que deja el recrudecimiento del bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos.

Esa política, intensificada en los últimos años hasta límites calificados por organismos internacionales como “genocidas”, busca asfixiar la economía cubana para doblegar a su pueblo. Según informes oficiales, las pérdidas acumuladas superan los 1.500 billones de dólares, afectando desde el acceso a combustibles hasta la alimentación y la salud de los más vulnerables. Las 243 medidas aplicadas durante la administración de Donald Trump, muchas de ellas mantenidas y endurecidas posteriormente, han convertido la cotidianidad de los cubanos en un ejercicio de resistencia permanente.

Sin embargo, la respuesta del gobierno de Estados Unidos contrasta con la realidad que viven quienes visitan la isla. Mientras desde Washington se pretende convertir en “un infierno” la vida del pueblo cubano con la activación del Título III de la Ley Helms-Burton para perseguir inversiones extranjeras y la obstaculización del envío de remesas familiares, una red global de hermandad se activa para ofrecer consuelo.

“Esta dulcísima consolación de amor y esperanza que nace de la hermandad”, como describen los participantes de estas brigadas solidarias, es la antítesis del odio. Representa la convicción de que la unidad entre los pueblos es el único camino para garantizar la convivencia pacífica y construir un orden mundial más justo y equitativo.

Cuba, a pesar de ser víctima de ese cerco inhumano, mantiene viva su tradición solidaria. Mientras recibe ayuda humanitaria de amigos del mundo, sigue enviando brigadas de médicos a zonas remotas del planeta, abriendo sus aulas a estudiantes de escasos recursos de África, Asia y América Latina, y compartiendo su ciencia biotecnológica sin exigir nada a cambio. Es un país que, en medio de la escasez, enseña que la solidaridad no es un excedente, sino una necesidad para la supervivencia de la especie.

En este 21 de marzo, desde los parlamentos de Europa hasta los barrios populares de América Latina, pasando por las calles de Nueva York donde se alzan voces contra el bloqueo, el mensaje es claro: la solidaridad no es una concesión política, sino un deber humano.

Porque mientras existan pueblos dispuestos a compartir su pan, a tender un puente por encima de los muros y a convertir el amor en una herramienta política, la victoria será posible. Como reza el sentimiento común de quienes hoy abrazan a la isla: ¡Viva la solidaridad entre los pueblos!

 

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