La Universidad de La Habana resalta la trascendencia histórica de su ingreso, como preludio de los 300 años de entrega a Cuba
El 7 de septiembre no fue un día lectivo ordinario en la Colina Universitaria. Mientras más de cuatro mil estudiantes de nuevo ingreso llegaban a la Universidad de La Habana, comenzaba también —en sentido histórico— la cuenta regresiva hacia sus tres siglos. La ceremonia de bienvenida, realizada al pie de la escalinata, vinculó el ingreso de una nueva generación con una institución que ha atravesado prácticamente toda la historia moderna de Cuba.
El acto tuvo la densidad de los símbolos que la UH ha hecho suyos: la ofrenda floral ante el monumento a Julio Antonio Mella, las palabras de la Federación Estudiantil Universitaria, el ascenso de los 88 escalones y la recepción de los estudiantes por la rectora. Ese trayecto físico —subir la escalinata— funciona también como una metáfora: cada joven entra en una tradición que ha formado científicos, escritores, artistas, profesionales y figuras decisivas del país.
La rectora, Dr. C. Miriam Nicado García, situó el acto en un lenguaje de responsabilidad y futuro. Reconoció que el curso comienza bajo restricciones materiales, pero afirmó que la principal riqueza de la universidad reside en sus profesores, sus estudiantes y su capacidad de sostener el conocimiento como servicio público. En ese marco, evocó una meta que resume la dimensión cívica atribuida a la institución: “hacer todo por la Patria”.
El aniversario no celebra únicamente la longevidad de una casa de estudios fundada el 5 de enero de 1728. Celebra, sobre todo, la continuidad de una institución que ha sido aula y escenario de ideas, movilizaciones y transformaciones sociales cubanas. En su memoria convergen nombres como Carlos Juan Finlay, Julio Antonio Mella, José Antonio Echeverría y Fidel Castro, todos asociados, de modos distintos, a la ciencia, el pensamiento o la acción política nacional.
La Universidad de La Habana no ha sido una espectadora de la historia cubana. Su imaginario institucional recuerda el asesinato de los estudiantes de Medicina en 1871; la fundación de la FEU por Mella en 1922; la Marcha de las Antorchas de 1953; la acción de José Antonio Echeverría y otros estudiantes contra la dictadura en 1957; y, más recientemente, la participación de universitarios en la respuesta científica y asistencial ante la COVID-19. Una campaña visual concebida en preparación de los 300 años condensó esos hitos bajo palabras como “Histórica”, “Trascendental”, “Audaz”, “Martiana”, “Rebelde”, “Enérgica”, “Consagrada” e “Inquebrantable”.
Por eso el tricentenario coloca a la UH ante una doble exigencia: conservar su memoria y demostrar que esa memoria todavía produce futuro. La celebración deberá medir no solo la reverencia por el pasado, sino la capacidad de la universidad para intervenir en los desafíos contemporáneos de Cuba: formación profesional, investigación, innovación, vida cultural, desarrollo territorial y defensa de la educación pública.
La conmemoración empieza en una coyuntura especialmente compleja. Para el curso 2026–2027, la UH prevé atender a más de 15 000 estudiantes, incluidos 4 300 de primer año; de ellos, 2 300 pertenecen al curso diurno. El plan académico combina períodos presenciales con modalidades flexibles, en respuesta a dificultades logísticas y de alojamiento, y da prioridad al contacto presencial de los estudiantes de nuevo ingreso.
El primer período de presencialidad está programado del 7 de septiembre al 19 de diciembre de 2026; el segundo, del 1 de febrero al 29 de mayo de 2027; y el tercero, dedicado esencialmente a defensas de trabajos de culminación y graduaciones, del 7 de junio al 24 de julio de 2027.
Ese dato impide leer el aniversario como una postal estática. La Universidad que se encamina a 2028 es una institución obligada a organizarse entre restricciones de recursos, transporte, residencias estudiantiles, conectividad y disponibilidad docente; pero también una comunidad que intenta preservar la presencialidad, la investigación y la experiencia colectiva del campus. El aniversario, entonces, se inaugura menos como un homenaje cómodo que como una declaración de permanencia.
Hay fechas que celebran una institución; hay otras que la interrogan. El 7 de septiembre pertenece a la segunda clase.
Al iniciar el curso y la jornada por sus 300 años, la Universidad de La Habana se mira en el espejo de una nación que ha cambiado con ella y a través de ella. Sus escaleras han visto llegar a jóvenes desconocidos y regresar a profesionales; han sido espacio de duelo, protesta, ciencia, cultura y debate. En ellas no ascienden solamente estudiantes: asciende, cada septiembre, la apuesta cubana por el saber como una forma de destino.
La pregunta hacia 2028 no será cuántos actos protocolares se realicen ni cuántas imágenes se impriman conmemorando la fecha. Será otra, más exigente: qué Universidad de La Habana llegará al 5 de enero de 2028. Una universidad digna de sus tres siglos tendría que ser, al mismo tiempo, heredera de su historia, refugio de la inteligencia crítica, laboratorio de soluciones para el país y lugar donde los jóvenes puedan imaginar una vida profesional y nacional en perspectiva.
Ese es el sentido profundo de haber comenzado el 7 de septiembre: inaugurar un curso, sí; pero también abrir una conversación de dieciséis meses sobre la utilidad social del conocimiento, la vigencia de la universidad pública y el país que Cuba desea formar desde sus aulas. La escalinata, una vez más, no es solo un monumento, es una promesa en ascenso.
Fuente: Universidad de La Habana